Post Tue Jun 19, 2018 12:07 pm

El gran secreto

La historia que a continuación voy a relatar es real, sucedió hace unos cuantos años, cuando tenía la edad de doce.

Ahora, a los veintiséis años, me dispongo a contarla para que sirva como relato erótico y suba de temperatura a muchos.

Hoy en día recuerdo perfectamente esa anécdota, como si fuera ayer mismo, y cada vez que lo hago, tengo que masturbarme hasta culminar. Y es que hoy es el día que me doy cuenta de la importancia que tuvo ese acontecimiento. Con aquellos años le restaba importancia, pero a medida que me he ido haciendo mayor y cada vez que lo he recordado el punto de vista ha ido cambiando hasta llegar a la conclusión de contarlo.

Como bien dije antes, tenía doce años, recién cumplidos. Como todos los niños de esa edad, siempre estaba jugando, no tenía preocupación alguna, solo jugar. Llegaba del colegio, almorzaba, y automáticamente iba a jugar al parque con mis amigos, era la viva imagen de un niño. En casa, lo mismo, jugaba con mis muñecos, y hacía los deberes cuando mis padres me regañaban.

Sin más, no pasaba nada más por mi cabeza. Para mi no existía la crisis, ni guerras ni nada, yo no entendía de esas cosas.

En lo que refiere al sexo, lo mismo, no me había masturbado nunca, ni siquiera intentado, sabía lo que era, porque muchos niños a veces sacaban el tema, pero nunca había tenido la tentación ni las ganas de hacerlo. No sentía esa sensación de adulto o adolescente cuando ve una mujer o chica atractiva y rápidamente se disparan las hormonas. Me había fijado en alguna niña de mi colegio porque me parecía guapa, pero nunca condicionado por el deseo sexual.

Tenía dos amigos, mis mejores amigos, con los que jugaba siempre. Tenían y tienen mi edad. Carlos y Juan.

Ellos eran como yo aunque Juan afirmaba que un día se había hecho una paja pero que no salió nada, como decían los demás.

Juan vivía con sus padres y su abuela, y Carlos, con sus padres.

Vivían cerca de mí, en la misma manzana.

Los padres de Carlos eran jóvenes comparados con los míos y los de Juan. Por aquel entonces su madre tenía unos treinta y dos años y su padre poco más.

Y como en todos los barrios y lugares del planeta existen los rumores, cotilleos y demás, y siempre llegaban a mis oídos y los de mis amigos chismes que quizás no deberían llegar, pero era inevitable.

Uno de los rumores mas extendidos y que mas se contaba, porque yo escuché a mi propia madre, era que la madre de Carlos era una guarra, si, así como les cuento. A esa edad pasas mucho tiempo con tus padres y como una esponja absorbes todo lo que hablan. Decían que era infiel con fulanito y menganito, y que cada vez que el padre de Carlos iba a trabajar se llevaba a un hombre casa. Yo no sabía ni lo que significaba esa palabra, al igual que no sabía que era follar.

Pero siempre salía, en todas las conversaciones. La madre de Carlos se había cepillado a no se quien.

Que sólo hay que verla como va vestida, como una puta, provocando. Que el otro día le echó una sonrisita a mi marido. La próxima la agarro por los pelos.

En una ocasión, ya por la tarde, habíamos comido, y como siempre íbamos a jugar.

Ese día Carlos me dijo que le picara y subiera a su casa para jugar con la consola, le habían comprado un videojuego nuevo.

Me recibió su madre en la puerta y como siempre me dio un beso en la mejilla. Su padre estaba trabajando, y su madre se encerraba en su habitación a ver la tele.

Nos preparaba unos bocadillos y nos dedicábamos a jugar toda la tarde con la consola.

Al rato, Carlos se puso en pie y me dijo que iba a cagar, no aguantaba más. Se fue al servicio. Yo mientras tanto decidí ir a la cocina a por un vaso de agua.

Cuando caminaba por el pasillo, comencé a escuchar unos ruidos, ruidos familiares que alguna que otra vez había escuchado en mi casa de noche, cuando ya estábamos todos en la cama.

Eran gemidos, provenían de la habitación de la madre de Carlos.

Me acerqué y me arrimé a la puerta, no la había cerrado del todo y se podía entrever lo que ocurría dentro.

Cuando miré quedé asombrado, al principio no entendía que estaba viendo, luego lo supe. La mujer estaba tumbada en su cama, la falda remangada hasta la cintura, se había apartado el tanga a un lado y estaba masturbándose. En realidad yo no entendía por qué hacía eso. Los gemidos no salían de ella, sino de la televisión, estaba viendo una película porno. Observé unos instantes la tele, y en ella, un hombre metía su pene dentro de la vagina de la mujer. Entonces descubrí que era follar.

Comenzó a invadir mi cuerpo una sensación que nunca antes había experimentado. Nervios, y a la vez una adrenalina que hizo que mi pene comenzara a ponerse ligeramente más duro.

Miré a la madre de Carlos, seguía a lo suyo, dándole que te pego.

Se metía dos o tres dedos dentro de ls vagina, y de vez en cuando soltaba algún ligero gemido.

La sensación fue en aumento y a la vez que observaba a la mujer, miraba la tele, y entonces fue cuando apareció mi primer deseo sexual. Metí la mano por dentro del pantalón y empecé a tocármela suavemente.

Quería hacer lo mismo que hacía el hombre en la película, quería meter mi pene en la vagina de la madre de Carlos. Desabroché el pantalón y saqué la polla. Ligeramente dura pero aún muy flácida.

La vagina de la madre de Carlos brillaba, estaba empapada y ella de vez en cuando escupía en su mano y frotaba. Caían pequeños regueros de saliva por los labios y las nalgas, encharcando la cama.

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Miré hacía la polla y comencé a pajearla. Me gustaba esa sensación, y mas viendo en directo, aquel coño. Entonces sin darme cuenta, ni haberme percatado, la puerta de la habitación se abrió. La madre de Carlos había escuchado un ruido y se había levantado a ver que era. Cuando abrió no sabía que hacer, me quedé petrificado. Con la polla en la mano, blanda como un regaliz, el miedo invadiendo mi cuerpo, y la madre de Carlos delante de mí con el coño entero mojado, y la falda remangada por la cintura.

Ella por un instante también se quedó algo asustada, quizás no sabía que decirme, era un niño. Entonces me agarró y me metió dentro de la habitación.

Me preguntó que estaba haciendo.

Yo estaba completamente asustado y avergonzado, casi a punto de llorar.

Entonces su rostro cambió, despareció su cara de enfado y esbozó una sonrisa.

Me preguntó si ya me masturbaba. Al principio no contestaba, pero ante su insistencia no tuve más remedio, y le dije asentando con la cabeza que no.

Me preguntó si era la primera vez que lo hacía, a lo que la respondí que si.

Me preguntó con estas mismas palabras, si alguna vez me había corrido, yo le dije que no sabía que era eso, y ella empezó a reir.

Entonces se tumbó de nuevo en la cama y abrió sus piernas dejando a la vista de nuevo su coño.

Me miró fijamente frotándoselo con la mano y me dijo que me acercara.

En un primer momento no quise pero ella insistió. Me acerqué y me acerqué hasta juntar mis muslos con los suyos.

Entonces me ordenó que posara mi polla sobre el coño. Completamente flácida la dejé caer y chocar contra su vagina. Estaba completamente mojada y caliente.

Me gustaba esa sensación, ese tacto, y el pene empezó de nuevo a endurecerse.

Cuando la mujer vio que la polla respondía comenzó a reir otra vez y sin previó aviso lo agarró con la mano y comenzó a pajearme suavemente a la vez que frotaba la punta por su coño.

Escupía sobre mano y pajeaba mi polla. Era la primera vez que experimenté algo así y me estaba encantando, más que jugar con mis juguetes o con Carlos y Juan en el parque.

Frotaba la punta por su coño con movimientos de arriba abajo llegando incluso a su ojete. Resbalaba a causa de la saliva, y se deslizaba como si estuviera dibujando sobre el, y en algún momento estuvo a punto de escapar hacia dentro.

Su mano pajeaba a cada vez más rápido la polla y entonces, apareció de nuevo en mí una sensación que nunca antes había tenido. Como cuando estás mucho tiempo aguantando sin orinar y luego orinas.

Era el placer absoluto. La polla comenzó a convulsionar, a volverse loca, nunca me había pasado pero me hizo incluso inclinar y gemir. Ella me miró fijamente y me masturbó aún más rápido y fue cuando sin previo aviso disparé un chorro blanco sobre el coño.

Era blanco, casi transparente, como agua. En el momento que lo solté la relajación fue total. La polla quedó aún unos segundos convulsionando pero en ese momento supe que era un punto de inflexión en mi vida, porque había descubierto la masturbación y el deseo sexual.

Miré a la madre de Carlos mientras me sonrojaba, y comenzó a reir, me dijo que ya me había corrido, y que no me preocupara por haberla puesto perdida. Había salpicado todo el coño, el tanga, la falda e incluso alguna gota que llego a su rostro.

Comenzó a untar la lefa sobre su coño mientras prometía que cuando fuera más mayor me dejaría meterla dentro.

Me dijo que no lo dijera a nadie nunca, nadie podía saberlo, ni mis padres, ni su hijo, ni nadie. Era un secreto entre ella y yo. Me ordenó que me subiera el calzoncillo y el pantalón y volviera al salón con Carlos.

Salí de la habitación y fui al salón, no bebí ni el vaso de agua. Me senté en el sofá y al los pocos minutos Carlos salió del servicio. Me preguntó si me había pasado la pantalla, y sin hablar, alucinando aún, le dije que no.

Desde ese día cada vez que he ido a casa de Carlos siempre he ido con nervios pero a la vez con esa sensación de deseo. Nunca ocurrió nada más, ni parecido. Si es verdad que le he robado tangas y sujetadores para pajearme, pero nunca llegué a follármela.

Hoy en día me acuerdo de ella por aquel entonces, y la verdad, era una auténtica hembra, estaba realmente buena, y por qué dije al principio que a medida que me fui haciendo mayor cambió mi punto de vista y le di más importancia, porque si llega a ser ahora la habría follado como nunca antes lo hubiera hecho nadie.

Ahora ya no es esa madre de treinta y pocos, ya va para los cincuenta y no está tan buena, pero sigue teniendo su punto, y yo sigo teniendo apuntado en mi agenda aquella promesa que hizo, y mi polla esperando entrar en aquella cueva que un día exploró exteriormente.